# 6. Día 5: Kensington Gardens. Serpentine Lake (Hyde Park). Paseo por Myfair. Aeropuerto de Heathrow. Vuelta a España en Business Class.

La mañana del domingo 10 de diciembre me desperté muy temprano. Era nuestra última mañana en Londres. Me daba pena marcharme. Realmente, lo habíamos pasado muy bien y el viaje había salido tal como lo habíamos planeado. 

Hoy, sin embargo, solo disponíamos hasta las 12:00 h, aproximadamente, para ver lo último que nos apeteciera visitar. Tocaba tomar las últimas decisiones. Ali había planificado ir al Palacio de Buckingham a ver el cambio de guardia a las 11:00 h, pero también existía la posibilidad de volver a aquel sitio de Hyde Park que vimos a oscuras la primera noche y que se antojaba precioso, el lago Serpentine. Si me dan a elegir entre parques y naturaleza, o el Palacio de Buckingham, yo elijo lo primero, sin duda alguna. A Ali también le pareció bien, de modo que, tras nuestro buen desayuno, partimos hacia el Hyde Park, en busca del Serpentine. Este lago es bastante famoso y se menciona también en Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf. Otro motivo más para volver a pasear hasta allí a esa primera hora de la mañana . De modo que así lo hicimos, y no nos arrepentimos. Me encantan los parques. Los grandes parques, y este, sin duda, lo es. Y bonito. Esto me permitió ir tomando las últimas fotos de este viaje con mi Nikon, y también con el móvil. Hoy, el día estaba nublado y amenazaba lluvias, no como el día anterior, por lo que había que aprovechar antes de tuviera que abrir el paraguas y guardar la cámara.

Es maravilloso pasear temprano un domingo por los parques. Qué sensación de paz. Gente paseando a lo perros, gente corriendo. Naturaleza, árboles y tranquilidad.

Comenzamos por los Jardines de Kensington, que estaban muy cerca de nuestro hotel, hasta llegar a la entrada del Hyde Park y del lago Serpentine. 







Un enorme puente une un lado del lago con el otro, donde se ubica la fuente en memoria de la Princesa de Gales.

Y allí estaban los cisnes, los patos y las ocas que vimos la primera noche, de camino al Winter Wonderland. Precioso a primera hora de la mañana. Sin duda alguna, mereció la pena cambiar nuestro destino para este último día.




Disfrutamos de las hermosas vistas y fuimos caminando lentamente en dirección a nuestro segundo y último destino.


Este destino no era otro que un paseo por el lujoso barrio de Myfair. 

De camino por South Audley Street nos encontramos con una bonita iglesia, "Farm Street Church". 

Al entrar, el pastor nos invitó a participar en el oficio de ese día, que contaba con un magnífico coro que cantaría esa mañana, a las 11:00 h. Estaban ensayando, y se me pusieron los pelos de punta al escucharlos. Sonaban increíblemente bien. Hubiera sido todo un lujo poder disfrutar de esa misa, y si hubiéramos contado con más tiempo,  de seguro que habríamos asistido. Pero no había tiempo para todo. Salimos fuera para visitar los jardines que la rodeaban, "Mount Street Gardens". 

El pastor nos habló de ellos, y verdaderamente merecen la pena visitarlos y sentarse un rato ahí, en el silencio de la mañana, en este pequeño remanso de paz y tranquilidad.

Paseamos por el entorno, que destilaba misterio y melancolía. Quizás, un jardín encantado. 



Resulta sorprendente, como en Central Park, la costumbre de poner multitud de bancos en hilera, uno detrás de otro, con pequeñas plaquitas en memoria de algún ser querido. En España, y en especial en Madrid, podrían aprender de esta costumbre, donde los bancos brillan por su ausencia y no es posible sentarse en ningún sitio, en ningún parque. Lo increíble también es que están impecables y nadie los vandaliza. No estaría nada mal copiar algo de estas buenas costumbres.



Continuamos con nuestro paseo hasta llegar a uno de los hoteles más caros y lujosos de Londres, "The Connaught Hotel", y la fuente frente a la entrada. 



Nuestros pasos nos llevaron hasta el "Ever After Garden". Un jardín dedicado a las víctimas de cáncer y cuyas donaciones se destinan a The Royal Marsden Cancer Charity.  Se trata de un jardín repleto de rosas blancas (artificiales), instalado en Grosvenor Square, en Myfair, las cuales se iluminan por las noches. Hay un puesto donde puedes comprar una y colocarla en el jardín. 




Nos llovió a ratos durante el paseo. En un momento determinado, la lluvia apretó y buscamos un lugar donde tomar un café calentito y refugiarnos durante un rato. No fue nada fácil encontrar una cafetería abierta en la zona donde nos encontrábamos, hasta que por fin dimos con la única abierta en el entorno, que estaba repleta de gente, no solo por ser la única, imagino, sino porque además era encantadora y servían unos estupendos desayunos. Nosotras solo queríamos café o té, tras el copioso desayuno que habíamos degustado en el hotel. Hubo que esperar un rato por una mesa y, por fin, lo conseguimos. Me sirvieron una infusión natural hecha en el momento de jengibre y hierbabuena que estaba riquísima.

Tras este agradable paréntesis, continuamos hasta la última parada de nuestro paseo, el mercado de Mayfair, ubicado en el interior de una antigua iglesia que se conserva tal como era en origen. Es curioso ver a un Dj en el altar de una iglesia, detrás de una barra de bar, gente comiendo donde antes estaban los bancos de madera, y restaurantes en la segunda planta, donde se ubicaba el coro. 




Curioseamos todo de arriba abajo, incluida la carta del restaurante español que se ubica en la segunda planta, y la terraza "soleada" de inspiración española, aunque en ese momento llovía y hubo que abrir el paraguas.

Salimos a la calle. Era momento de regresar al hotel. Nuestros maravillosos paseos por Londres habían llegado a su fin. ¡Qué tristeza! Tomamos el metro para no perder tiempo. Había que recoger el equipaje, y poner rumbo a España. Llegó el momento de la despedida. ¡ay, Ali! ¿Cuándo volveremos a vernos? Recordaba bien nuestra despedida en Edimburgo. Cómo se me cayeron los lagrimones pensando cuándo volveríamos a encontrarnos, y ocurrió en diciembre, en Londres. De modo que esta vez no lloré, porque sé que siempre que queramos, encontraremos el momento y el lugar para otro viaje y otras experiencias. Tú en Glasgow, y yo en Madrid, pero la pasión por los viajes nos une, así como el estilo de vida que llevamos. Estoy segura de que pronto volveremos a encontrarnos. ¡Y tan pronto! ¿Pues no estamos ya pendientes de otro viaje encantador, también por tierras británicas? Ojalá tengamos suerte y podamos hacerlo. De momento, toca agradecer y saborear la experiencia recién vivida.

Nos dimos un gran abrazo y nos despedimos en el hall de nuestro hotel. Cada una hacia un aeropuerto distinto. En mi caso, necesitaba un taxi que me acercara hasta Paddington Station, para volver a coger el Heathrow Express, que te lleva a la terminal 5 del aeropuerto de Heathrow en menos de media hora, para coger el vuelo de Iberia, con destino Madrid.

Volvía a viajar en Business Class. La experiencia en el viaje de ida fue muy satisfactoria y, teniendo en cuenta que debía esperar bastantes horas hasta la salida de mi vuelo, poder comer y descansar  en la sala VIP me vendría bien. Además, me había resfriado y acusaba un fuerte dolor de garganta y creo que hasta un poco de fiebre. 

El pase del control de seguridad por la sala VIP no fue tan agradable como en Madrid. La sala no era tan acogedora, como tampoco lo fue la sala VIP, que me costó encontrar. Ni comparación con la de la T4 del aeropuerto Adolfo Suárez- Madrid Barajas. Un poco de decepción por la algarabía, la cantidad de gente, la sala abierta  y la comida. Para mi gusto, mucho mejor la de Madrid. Eso sí, el smoothie estaba riquísimo y cayeron 3 vasos.

Una vez terminé de comer, porque comí, claro que sí, cambié de sitio a otra zona de la sala más tranquila y con sofás individuales para descansar un poco. El resfriado iba en aumento y sentía que tenía fiebre. El malestar se acrecentaba, de modo que cerré los ojos con la esperanza de que el paracetamol hiciera su efecto. Puse el despertador por si me quedaba dormida. Lo hice con suficiente tiempo de antelación, o eso creía yo. Porque cuando llegó la hora de dirigirme hacia la puerta de embarque descubrí que estaba muy lejos y que debía coger un tren interior, como en la T4 en Madrid, para llegar hasta allí. Empecé a ponerme nerviosa, a pesar de haber salido con tiempo. Finalmente llegué a aquel laberinto. Había que pasar el control de pasaporte también. Menos mal que con mi Business Class tenía paso preferente y no tuve que esperar. Eso sí, la "simpática" chica me mandó a facturar mi maleta cápsula, porque decía que excedía el peso (¡pero si llevaba lo mismo que en la ida salvo las pequeñas cosas que compré!). Me explicó, en inglés, claro, que debía llevar la maleta a una máquina que había bajo la escalera y dejarla allí, o eso entendí. No encontré la máquina ni nada que se pareciera. De cualquier modo, no hice ni caso y llegué por fin al avión y a mi súper asiento business. ¡Esto sí que era un asiento business class! 

Bueno, al menos esto compensaba el pequeño chasco de la sala VIP. Un asiento individual que se reclina como una cama, con reposa pies y una serie de comodidades. Era la primera vez que viajaba en un asiento así, de modo que lo disfruté como una niña pequeña.



Luego llegó la cena. No estaba mal, unos raviolis con alcachofas, unas judías verdes, un pudding de postre. Comí lo que pude y disfruté del vuelo, también tranquilo y sin turbulencias. Cuando me quise dar cuenta, tocábamos tierra en Madrid.

Mi aventura londinense había llegado a su fin. Me daba pena, pero a la vez volvía contenta, feliz y agradecida por la experiencia vivida.

Esta noche ya no podía darle las buenas noches a Ali. Sólo un whatsapp para avisarnos mutuamente de que ya habíamos llegado a nuestros destinos. Al día siguiente, lunes, tocaba trabajar y volver a la rutina del día a día. Mi blog tendría que esperar a las vacaciones de navidad. Pero la felicidad y mis cinco sentidos llenos de experiencias maravillosas me acompañarían por mucho tiempo. Hasta hoy, que termino de escribir mi blog, y mucho después, cuando lo vuelva a leer y releer.

Solo me queda darle las gracias a mi compañera de viaje, Ali, por su estupenda compañía y su organización. Sin ella, no hubiera sido lo mismo. Gracias, Ali. Aquí nos queda este blog de recuerdo y muchas y nuevas aventuras por vivir.

Y gracias a la vida y a la oportunidad de poder hacer lo que quiero hacer. O como dice Sol Aguirre, nuestra anfitriona en Nueva York (cuando todo esto empezó), gracias a mí misma por conseguir hacer que me pase lo que quiero que me pase.

Hasta pronto, amig@s.






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